viernes, 10 de julio de 2009

miércoles, 1 de julio de 2009

Cierto día, un muchacho iba caminando y, al no poder divisar una piedra porque era muy pequeña, se cayó y se lastimó. Al día siguiente tropezó nuevamente con la misma piedra, se cayó y volvió a lastimarse. Al tercer día, lleno de experiencia, (O por lo menos eso era lo que él creía) se dispuso a saltar la piedra. Lo logró, sin mucho esfuerzo y sin hacerse daño. Tenía al mundo en sus manos.
A medida que pasaban los días, la piedra iba aumentando su tamaño y en consecuencia los saltos que el muchacho tenía que dar eran cada vez más grandes. Hasta que un día, la magnitud de la piedra era tal, que ya no le daban los pies para saltar. Para su fortuna justo pasaba por allí una persona entonces aprovechó, hizo que se agache y, pisándole la espalda sin darle importancia a lo que esta persona pudiera llegar a sentir, pegó un salto y logró superar el gran obstáculo. A partir de ese día, ninguna persona volvió a pasar cerca de aquella piedra, por temor a ser usada. ¿Cómo iba a hacer ahora para pasar por allí? Era tan alta que no podía saltarla, era tan ancha que tampoco podía esquivarla. Estuvo meses y meses estancado en aquel lugar, rompiéndose la cabeza para tratar de idear un plan y así lograr librarse. Cuando ya había perdido las pocas esperanzas que tenía, vio a una muchacha que se dirigía caminando hacia allí y también pudo observar que estaba apunto de tropezarse con una piedra. Pero antes de que éste pueda reaccionar para advertirle, la muchacha muy tranquila se agachó, recogió la pequeña piedra, la apretó hasta que la misma quedo disuelta y, muy contenta, siguió su camino. El muchacho lo entendió todo.
CONÓCETE, ACÉPTATE, SUPÉRATE.